Salvemos al Planeta: Opus #9

                            José A. Cárdenas y Lydia P. Vignau

(Fecha original de publicación: diciembre 23, 2019)

“Ni el hombre sabio, ni el hombre valiente se acuestan en la vía de la historia para esperar a que el tren del futuro los atropelle”. Dwight D. Eisenhower

El ferrocarril llegó el Siglo XIX para quedarse, trayendo con él el progreso y el avance. ¿Y por qué perdura? Su uso de energía es eficiente, tiene gran capacidad para transportar mercancías y pasajeros en vastas cantidades y durante largos recorridos, su costo es bajo, hay relativamente pocos accidentes y contamina menos en proporción.

La actual administración federal de López Obrador planea construir un gran sistema ferroviario, el Tren Maya, que utilizará tramos ya existentes en Campeche y Yucatán, agregando más de 540 kilómetros para atravesar Quintana Roo. Se ha anunciado que el Tren Maya va a hacer uso de energía híbrida (combustible fósil y electricidad), cuando se sabe que los ferrocarriles eléctricos son tres veces más eficientes para trasmitir la energía a las ruedas del tren, su costo es 20% menor al de la locomotora de diésel y su mantenimiento cuesta hasta 35% menos; son menos ruidoso y, algo muy importante, provocan menor vibración al entorno inmediato; el motor eléctrico no emite óxido de nitrógeno, compuestos orgánicos ni óxido de azufre.

Los costos iniciales para instalar trenes eléctricos son todavía prohibitivos en México, sobre todo si el dueño no es el gobierno, porque requieren de una gran inversión en una infraestructura que cause los menores daños ambientales posibles, que permita la generación sustentable de electricidad, su transmisión y distribución, sin causar apagones frecuentes. Es obvio que, para cambiar a trenes eléctricos, las consideraciones que se hagan tienen que privilegiar los beneficios al cambio climático sobre los factores económicos.

Y mientras todo esto sucede en México, distintas iniciativas a nivel mundial están alineando a las economías a respetar el medio ambiente. Sobresale el mandato de la Suprema Corte de Holanda quien confirmó hace unos días que los gobiernos deben trabajar activamente para controlar el calentamiento global: en el caso de este país, el gobierno holandés deberá disminuir las emisiones durante el 2020 en un 25%, comparado con los niveles de 1990.

En Estados Unidos, durante el último debate de precandidatos demócratas a la presidencia, Bernie Sanders afirmó que “cada país debería tomar la totalidad de su presupuesto de guerra y usar los recursos para vencer al enemigo común: el cambio climático”

Las consideraciones ambientales del proyecto del Tren Maya tienen a los expertos pidiendo aplicar un sondeo geofísico en toda la ruta, que determine cómo se afectaría la ecología al violentar la naturaleza en el tendido de los rieles, que se convierten en barreras artificiales para el libre tránsito de la fauna. Como ilustración, los 2,400 jaguares que viven en la región encontrarían una barrera física en las vías, que evitará su traslado para reproducirse sin incrementar su vulnerabilidad genética.

Otro punto muy importante del impacto ambiental es que miles de árboles serán talados para la construcción de las vías y estaciones, lo que tendrá nefastas consecuencias en la fauna local, la calidad del aire y la retención del agua.

 También hay que considerar cómo el peso y la vibración de los trenes afectarían las cavidades naturales y subterráneas. En el subsuelo de Tulum, en la península yucateca, se encuentran lugares de un valor biológico considerable y de importante patrimonio cultural, y el sistema de cuevas más grande del planeta. Estas cavidades resguardan la mayor reserva de agua dulce de México, y constituyen un ecosistema que alimenta las raíces de los árboles tropicales, vital para el funcionamiento armónico de la selva.

La contaminación potencial de las aguas residuales es otro tema relevante porque actualmente el ecosistema es capaz de manejar los residuos y administrar los nutrientes que demanda su flora y su fauna.

No podemos pasar por alto que la riqueza biológica de la península yucateca está vinculada con compromisos internacionales, ya que hay por lo menos dos áreas naturales protegidas declaradas Patrimonio de la Humanidad: La Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an y la Reserva de Calakmul. También en la ruta están la Reserva de la Biósfera de Los Petenes, Río Lagartos, Yum Balam, Laguna de Términos, entre otras; un territorio con una riqueza biológica sin igual.

Actualmente existe un Acuerdo para la Sustentabilidad de la Península de Yucatán firmado por los tres gobernadores. Mucha de la actividad para la sustentabilidad está fincada en las comunidades agrarias (ejidos) que poseen dos terceras partes de las selvas tropicales, pero a pesar de los valores ambientales y culturales que se profesan, esta selva pierde ya 80 mil hectáreas por año debido a deforestación con fines comerciales por parte de empresas ganaderas, madereras y otras.

Además, está la implicación humana: las comunidades indígenas dueñas de las muchas zonas rurales por donde pasará el tren tienen el derecho a la consulta previa, libre e informada, incluso, a la suspensión de ejecutar el proyecto. Los afectados, incluyendo un grupo de mujeres académicas de los estados imputados, sostienen que iniciativas como el Tren Maya pretenden arrebatarles el territorio que es herencia de sus antepasados. Perder el territorio, aseguran, conlleva a perder su cultura, lengua y costumbres; alertan que el turismo masivo y la creación de nuevos centros urbanos traen riesgos económicos y socio ambientales. Estos grupos originarios denuncian que las consultas ciudadanas presentan irregularidades y no ayudan a canalizar las demandas y solicitudes de los verdaderos dueños de esas tierras.

A su vez, activistas ambientalistas de Yucatán han sido amenazados ellos y sus familias si no abandonan su posición en contra del Tren Maya; creen que las amenazas pueden venir de empresarios o personas que se ven afectadas si estos megaproyectos se retrasan o cancelan. Y por su parte, Jimenez Pons, titular de FONATUR, afirma que la estrategia del proyecto del Tren Maya, fincada en un paradigma de desarrollo sostenible está “basada en recuperar, mantener y promover las tradiciones ancestrales mayas y su patrimonio artesanal y culinario regional”.

Aunque la amenaza es real y considerable, nadie logra ponerse de acuerdo…

Estamos hablando de un posible gran desastre ecológico, con cambios irreversibles en el ecosistema que resultan en extinción masiva de especies, incluyendo los seres humanos. Hay que evitar que el Tren Maya pase impunemente por Áreas Naturales Protegidas para prevenir la fragmentación de ecosistemas y la disminución de especies nativas, y para ello, necesitamos un estudio serio y transparente que analice el impacto en el cambio climático, en el diseño, construcción, mantenimiento y operación del Tren Maya, como se hace en Europa: se requieren análisis de sensibilidad, vulnerabilidad, riesgo y acciones ambientales preventivas, antes de iniciar el diseño definitivo de esta obra.

En suma, la construcción del Tren Maya puede provocar la deforestación, liberando al aire el Carbono capturado por los árboles, y modificando el ciclo de lluvias, afectando la capacidad de recarga de acuíferos y contaminando el agua por las nuevas poblaciones; pudiera haber cambios radicales en la temperatura de acuerdo con 240 investigadores de diversas instituciones. Estos efectos adversos no son suposiciones, sino datos duros provenientes de acuciosas investigaciones.

Es autodestructivo acabar con la selva tropical. Es de crucial importancia para la biodiversidad y la regulación del clima, debido a que su flora reduce hasta 10 grados la temperatura ambiental y no queremos violentar su biodiversidad que nos mantiene vivos a todos los seres, grandes y pequeños.

Su futuro está en nuestras manos. ¿Qué vamos a hacer para salvarla?

Salvemos al Planeta: Opus #10

José A. Cárdenas y Lydia P. Vignau

(Fecha original de publicación: diciembre 16, 2019

“Debes tratar bien a la Tierra. No la heredamos de nuestros padres, la tomamos prestada de nuestros hijos”. Sabiduría colectiva

Hubo un tiempo en que el hombre vivía en armonía con la naturaleza, como lo saben hacer todavía los pueblos originarios. Pero la ciencia mal entendida y los intereses económicos desmedidos nos fueron llevando a creer que podíamos dominarla, controlarla y abusar de ella.

Estamos comenzando a ver nuestros errores, aunque todavía a diario, en múltiples lugares del mundo, se llevan a cabo por avaricia, actos sistemáticos que conducen de manera directa a la extensiva destrucción, daño y pérdida de ecosistemas, así como a la extinción de especies.

La historia está repleta de abusos a la naturaleza, en donde niños, mujeres, hombres y todo ser viviente somos víctimas de atrocidades que desafían la imaginación y conmueven la conciencia de la humanidad conforme salen a la luz; actualmente, las cortes internacionales estipulan que estos crímenes no deben quedar sin castigo.

Estos daños están asociados al cambio climático. Las noticias mencionan el efecto invernadero el cual , aunque es un fenómeno de la naturaleza , se ha desbordado porque las actividades humanas lo han llevado por encima de sus valores naturales, provocando el sobrecalentamiento del planeta.

Hoy existe un consenso científico que indica que la producción y consumo de combustibles fósiles, así como la deforestación indiscriminada, están alterando el clima de tal manera que es evidente un incremento de la temperatura que puede llegar a ser irreversible:

Vivimos largas sequías en algunas áreas, olas de calor y mayores incendios, y en otras, lluvias intensas que provocan grandes inundaciones; el nivel del mar empieza a subir y ya está volviendo vulnerables a algunas islas caribeñas, a Bangladesh y a numerosos lugares de África. Esto es solo el principio; le seguirán la falta de agua potable y dificultad en la producción de alimentos.

Para darnos una idea de la magnitud del, la temperatura global ya ha aumentado 1º C; si aumenta 1.5º C, ese medio grado adicional implicará que todo el nivel del mar suba 10 centímetros, que una tercera parte de los habitantes del planeta sufran calor extremo, y que la masa de hielo del Ártico se derrita, afectando sensiblemente a osos polares, focas, ballenas y aves marinas, y a todo el planeta y sus habitantes de una manera sin precedentes.

Todos debemos trabajar y sumar esfuerzos para contener el cambio climático si deseamos que nuestro planeta siga siendo como lo conocemos, y nos dicen los expertos que tenemos 11 años aproximadamente para lograr revertir este cambio; en pocos meses tan solo diez.

Por primera vez desde la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años, están ocurriendo en nuestro planeta cambios ecológicos enormes. Desde 1970, los bosques han disminuido a la mitad y una cuarta parte de los peces han sido eliminados.

Los ecocidios están a la orden del día: como ilustración, recordemos la explosión de una plataforma petrolera estadounidense en el año 2010 que provocó una de las catástrofes oceánicas más grandes de México. El derrame petrolero se extendió hasta llegar a aguas mexicanas provocando la muerte de miles de especies marinas y de aves pertenecientes a la zona del Golfo de México.

También ha habido numerosos ecocidios y daños provocados por las empresas del Grupo México, de Germán Larrea. El último ha sido el derrame de 3,000 litros de ácido en el Mar de Cortés, que solo se hizo público porque lo filmó con su celular un trabajador y lo subió a las redes. El trabajador fue despedido horas después de publicar el video. ¿Y dónde estuvo nuestra indignación? La empresa nunca hubiera hecho públicos sus envenenamientos, a pesar de estar obligada por ley, por cuestiones éticas y morales básicas y por elemental humanidad; pero es tan grande, que presume no haya ley que se le aplique.

En Chile, en el 2018, la empresa argentina YPF derramó miles de hectolitros de petróleo en el territorio de Cullen; resulta difícil saber cuáles serán las consecuencias ecológicas a largo plazo porque el derrame alcanzó los 6,000 metros cuadrados de superficie, perjudicando la cadena alimenticia y el ciclo reproductivo de toda la biodiversidad austral.

Extrapolando los datos históricos, podemos decir que diariamente se extinguen unas 100 especies animales y vegetales; desaparecen 50,000 hectáreas de selvas tropicales; los desiertos avanzan 20,000 hectáreas. Cada 24 horas liberamos a la atmósfera otros 100 millones de toneladas de gases de efecto invernadero, que coadyuva al incremento global de la temperatura del planeta.
Muchos individuos inconscientes consideran que la vida humana es la única digna de conservarse, pero recordemos que apenas somos una de las billones de especies y formas de vida.
En contraste, hay muchos héroes y heroínas en este esfuerzo de salvar la vida sobre el planeta. Miles de personas, gobiernos e instituciones de la sociedad civil, están sumando esfuerzos para combatir el cambio climático:

Corea del Sur actualmente recicla el 95% de sus alimenticios; en Nigeria los padres cubren la colegiatura de sus hijos recolectando y depositando desperdicios reciclables; las tribus del Amazonas recientemente ganaron la batalla legal contra las compañías petroleras para evitar perforaciones subsecuentes; científicos mexicanos han logrado desarrollar un “plástico” a partir del nopal; un individuo en la India plantó un árbol diariamente durante 35 años, creando un verdadero e inmenso bosque; en la actualidad, las fuentes de energía renovable representan ya una tercera parte del total de la energía global que se produce; Holanda cubre de tierra y plantas los techos de sus camiones urbanos como refugio para las abejas; en una aldea de la India celebran el nacimiento de una hija plantando 111 árboles: a la fecha llevan 350,000 plantados.

Todas estas iniciativas para salvar al planeta nos inspiran e invitan a una acción colectiva intensa, planeada y global, pero, sobre todo, armónica con los principios de la Madre Naturaleza, y eso nos lleva a nuevos niveles universales de pensamiento.

Ahora, más que nunca, es el momento para que echemos mano de los magníficos poderes con los que fuimos creados: auto conciencia, compasión, altruismo y, más que todo, nuestra habilidad de adaptación. La evolución y la adaptación van de la mano para que podamos reinventar nuestra forma de vida para coexistir en armonía con las demás especies.

Salvemos al Planeta: Opus #11

José A. Cárdenas y Lydia P. Vignau

(Fecha original de publicación: Diciembre 9, 2019)

“How many deaths will it take ´till he knows, that too many people have died”. Bob Dylan, Blowing in the Wind

Hace algunas semanas, el Sumo Pontífice propuso que la Iglesia Católica debe incluir en su doctrina los “pecados en contra de la ecología”. Más aún, los “ecocidios”, manifestó, deberán considerarse como una quinta categoría de crímenes internacionales en contra de la humanidad. ​

Un ecocidio resulta de una contaminación masiva de aire, tierra y agua, por acciones humanas que ocasionan un desastre ecológico total o parcial, o la destrucción de un ecosistema, y afectan la vida de quienes habitan la zona impactada: flora, fauna y los mismos seres humanos. Este daño, por definición cuantioso, puede además ser irreversible o casi imposible de regenerar. ​

Existen muchos ejemplos de ecocidios en la historia reciente, aunque lamentablemente algunos han sido tomados con indiferencia, minimizando su grado de importancia y seriedad: el denominado “agente naranja” en la guerra de Vietnam, el crecimiento desordenado en la Isla de Pascua, la tala de árboles en Brasil o la desaparición del Mayab.

Estos desastres ecológicos, que resultan en ecocidios, frecuentemente empiezan con la actividad de gobiernos en tiempos de guerra, y más tarde, los mismos agentes causantes del daño son comercializados por corporaciones que saben que su actividad es criminal, porque viola los principios de justicia ambiental, pero por su ambición desmedida siguen elaborando y comercializando esos productos ecológicamente peligrosos. A esta combinación se suma la ignorancia y apatía de los consumidores, convirtiéndose el proceso en un verdadero círculo vicioso. Para combatir estas actividades criminales, hay organizaciones gubernamentales responsables, activistas ambientales y algunas organizaciones internacionales, a las que recientemente se ha sumado la Iglesia Católica.

​El papel de la Iglesia Católica puede resultar protagónico en este momento: 1,313 millones de fieles, casi una sexta parte de la humanidad según el censo de 2017, habitantes de grandes economías como Brasil, México, Filipinas, Estados Unidos, e Italia en orden de números de católicos, se encuentran bajo la potestad de los Estatutos Romanos de la Iglesia. La Iniciativa del Papa Francisco de introducir en el catecismo de la iglesia los pecados en contra de la ecología puede ser providencial y de trascendencia considerable, si existe la voluntad de propios y extraños para escuchar su llamado.

Hace unos días se presentó en distintos países la premier de la película Dark Waters, basada en el caso real de DuPont, una gran corporación multinacional: un abogado responsable y tenaz logra conectar miles de muertes y enfermedades inexplicables a esta compañía. Mientras la verdad afloraba paulatinamente durante largos años, el profesional del derecho pone en entredicho su futuro, arriesgando su vida y la de su familia. No es la primera vez que el Séptimo Arte nos conduce a un examen de conciencia sobre los delitos ecológicos: Erin Brokovich y Acción Civil son otros buenos ejemplos.

No obstante, estas grandes manifestaciones de propaganda de la modernidad, ni siquiera la voz de la Iglesia será suficiente si nos mantenemos apáticos e ignorantes ante la inminente destrucción de nuestro Gran Hábitat: según expertos internacionales, nos queda poco más de una década del mundo como hoy lo conocemos y disfrutamos, si no logramos contener el aumento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. ¿Vamos a permanecer pasivos? ¿O vamos a sumar nuestros esfuerzos para realizar esta difícil pero no imposible obra mayúscula entre todos, en menos de 11 años?